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El asesinato de César
by Jherson R. García in Historia Antigua, Roma
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En los ambientes del Teatro de Pompeyo no quedaban sino las marcas rojas de un hombre. Bajo la estatua del constructor de aquel templo, dizque en honor a Venus pero antes a su propia gloria, yacía el cadáver de su otrora enemigo. Quien sería sinónimo de Roma en la posteridad descansaba eternamente, tras un arrullo de 22 cuchillazos y la estaca mortal de su hijo adoptivo: Bruto.
Descendiente de Lucio Junio Bruto, aquel antiguo patricio expulsor de Tarquino el Soberbio; último rey de Roma, Marco Bruto era hijo de la última amante de César [Servilia Cepionis o Servilia de lo Junos] y el hombre que daba realce a una pensada hazaña que no sería sino un inútil y mal recordado suceso de la historia.
Marco Antonio había sido distraído por unos senadores. Algunos magistrados optimates [conservadores] se había acercado a Julio César y tras pedirle que revisara una petición para levantar el exilio de un criminal, hermano de un senador, lo distrajeron para que Casca lo tome por la toga trabea; aquella distinción de Pontifex Maximus que lo hacía intocable. “¿Qué haces villano”, le dijo César y en respuesta, 22 puñaladas miedosas que jamás lo doblegaron del todo.
“Todos debían participar”, era la sentencia. Casio le alcanzó la daga a Bruto y este, antiguo aliado de Pompeyo que tras la derrota pidió clemencia a César, tomo el metal y se lo incrustó en el tórax. El dictador, que había intentado escapar y se encontraba sobre en un charco de sangre, se bajó la toga sobre la cabeza.
- Kay sy, teknon? [¿Tú también hijo mío?]
- Tu quoque, Brute, fili mei! [¿Tú también, Bruto, hijo mío?]
- Et tu, Brute? [¿Tú también, Bruto?]
Nadie sabe con exactitud sus palabras e incluso Plutarco el historiador menciona que no dijo nada. Sólo, en aquella curia pompeyana, más de 60 senadores habían conspirado en infringidas sagradas leyes: Violentar la toga trabea, portar armas en el Senado, asesinar un dictador legítimo en el centro del mismo de la reunión.
César había desoído los ruegos de Calpurnia, su mujer, quien tras un sueño presentía la desgracia; “supersticiones de mujer”, espetó. Había desafiando al vidente que le advirtió de los Idus de Marzo*; “Ya han llegado los Idus”, le dijo el día de su asesinato; “aún no acaban”, le compadeció el adivino. Sólo un leal intentó advertirlo sin rodeos pero su carta se perdió entre el papeleo del dictador.
Aquel 15 de marzo, sobre los mármoles de Pompeyo, el cuerpo de César fue recogido por Marco Antonio y mostrado al pueblo como un crimen de los patricios conservadores. En unos años él y Octavio [luego Augusto] destrozarían los intentos vanos de Bruto, Casca, Casio, Cicerón y demás por olvidar el legado del dictador.
César mortal había muerto pero su fama recorrería cada centímetro de occidente. Su espíritu se igualo a Roma y su nombre fue sinónimo de Rey, de Emperador. Con César no moría la tiranía. Al contrario de lo que pensaba Bruto, con aquella sangre, era la sangre de la República Romana.
(*)Los Idus de Marzo eran parte de una fiesta romana llevada a cabo el 15 de maro. Eran, según la tradición, días de buenos augurios. César fue asesinado el Idus de Marzo del 44 a.C.
mar
La Batalla de Stalingrado
by Jherson R. García in Segunda Guerra Mundial
“Lo difícil no es morir; sino, seguir viviendo.”
Vladimir Mayakovski
Para cuando el mariscal de campo Friedrich Von Paulus instaló su cuartel general en las ruinas de los almacenes Univermag en enero de 1942; la batalla por Stalingrado ya había llegado al punto máximo de crueldad. Junto al Mariscal, 3000 heridos habían llegado a los sótanos de la ciudad de Stalin, muchos de ellos con graves heridas y cuyo tratamiento era dejarlos en las afueras del cuartel para que el doctor muerte, con mantos blancos y brazos helados, los cure de todo mal; sobretodo de aquel en el cuál su Führer los había metido.

Von Paulus sabía que para el máximo líder de la Alemania Nazi el 6to ejército alemán no valía nada. Después de que los alemanes habían ocupado casi el 80% de la ciudad; los Soviéticos, que defendieron casa por casa y calle por calle su cuidad, jamás perdieron su posición sobre los puertos del río Volga y, a partir de ahí, iniciaron la contraofensiva. Los, literalmente, infinitos recursos del ese entonces país más grande del mundo hacían que a pesar de existir más bajas por parte de los rojos, la esvástica temblara y se desmoronara ante lo aguerrida y encarnizada actitud de los bolcheviques y su Gran Guerra Patria.
Stalin y Hitler habían desatado el infierno sobre los Urales y la entrada al Cáucaso [en dónde se encontraba Stalingrado], la rica región petrolera de la Unión Soviética, era la puerta al averno en la Tierra. Von Paulus y Chuikov, alemán y soviético respectivamente, eran los estrategas de este ajedrez de vidas creado por dos de los más sanguinarios dictadores de la Historia.
La Wehrmacht había llegado a un campo de batalla en donde la Blitzkrieg [Guerra Relámpago] no funcionaba; la Luftwaffe, que lanzaba suministros en cajas con paracaídas, alimentaba a los soviéticos antes que a sus soldados; y los enormes Panzer alemanes no podía maniobrar en las calles de una ciudad en ruinas. Von Paulus, sabía que el Der Kessel [caldero] en que el Ejercito Rojo los había metido se cerraría sobre sus tropas en cualquier momento. A los bolcheviques no les importaba que en ese mismo caldero estuvieran 10 000 civiles soviéticos de los cuáles no se volvería a saber nada.
El éxito alemán se diluía y el imperio de los 1000 años del austriaco-alemán, fundador del Partido Nacional Socialista [Nazi], caía en menos de lo esperado. En Inglaterra la Real Fuerza Aérea había ocasionado su primer traspié y en los campos rusos se encontraba el punto de quiebre de la guerra: el águila Nazi dejaría de avanzar y retornaría a Berlín a costa de la vida de sus hombres.
Hitler no pudo, al igual que Napoleón, con el general Invierno y sus -18 ºC en Leningrado [hoy San Petesburgo] y en Moscú, el comandante Zhúkov había rechazado a los nazis. Sólo quedaba la ciudad Stalin, la entrada a los recursos energéticos de la URSS, que contando desde de junio de 1942 debía caer en pocos meses en la llamada Operación Urano. Sin embargo, para el 30 de enero de 1943 el Führer pedía al mariscal Von Paulus su suicidio y con este, las vidas de los casi 90 000 soldados bajo sus órdenes; la razón: Un Mariscal de Campo Nazi jamás se había rendido.
El dictador comunista, que obligó a hombres, mujeres y niños a quedarse en la ciudad y alentar a los soldados rojos, había tenido una tímida y lenta reacción inicial; empero, gracias a la astucia de sus generales, logró desbaratar todas las ofensivas y campañas de apoyo alemanas que buscaban terminar con el asedio en Stalingrado.
Ya para el 31 de enero, Von Paulus no soportaría más, había visto morir a 1 280 de sus hombres en la última Navidad y, en Año Nuevo, percibió el delicioso olor de la cena soviética mientras él acampaba hambriento entre bloques de concreto destruido, lejos de su natal Breitenau. Sus fuerzas combinadas de alemanes, italianos, rumanos y húngaros se rendirían aquel último día del primer mes del año. De los 91 000 prisioneros solo 5 000 alemanes volvieron a sus casas al final de la guerra. Las enfermedades y epidemias hicieron lo que las balas y el hambre no pudieron.
Un millón de los ciudadanos de Stalingrado encontraron su final junto a los escombros de la metrópoli. El ejército rojo tuvo 750 000 bajas, muchos de ellos asesinados por sus mismos camaradas bajo la acusación de cobardía y deserción. Sin embargo, todas estas son cifras aproximadas, aún hoy nadie ha determinado el verdadero costo humano de esta batalla. La URSS se empecinó en tapar las cifras y evitar así que se discuta su accionar.
Hoy el nombre Stalingrado no existe más, la ciudad moderna se llama Volvogrado y sobre tierra georgiana acaricia las aguas del río Volga mientras recuerda las vidas que se perdieron en un pasado que ya no se encuentra sino en su plaza principal. Un sufrimiento que todos reconocemos pero que también discutimos. El ego y crueldad de dos dictadores que chocó en esta cuidad y las hazañas épicas de millares de desconocidos y que Pablo Neruda recuerda en sus dos “Cantos de Amor a Stalingrado”:
“Honor a ti por lo que el aire trae,
lo que se ha de cantar y lo cantado,
honor para tus madres y tus hijos
y tus nietos, Stalingrado.
Honor al combatiente de la bruma,
honor al Comisario y al soldado,
honor al cielo detrás de tu luna,
honor al sol de Stalingrado.”
[Pablo Neruda. Nuevo Canto de Amor a Stalingrado]


